domingo, 3 de julio de 2016

Oportunidad

Oportunidad 

Las oportunidades se me terminaron hace mucho tiempo, el hecho fue que la última fue hace años y ahora vivo auto exiliado en un lugar donde nunca pensé terminar mi vida. 
Por una semana la fiebre y la tos no cedían, mi peso bajó 10 kilos y cada noche soplaba más el viento dentro de esa casa tan llena de agujeros tanto en paredes como en techos. 
Lo bueno de estar enfermo siempre será que en los sueños deliras con lo que más deseas y son sueños bellos que casi recuerdas a la perfección. 
La cosecha se había perdido por completo, la tierra no perdona una enfermedad pero menos perdona al hombre que la toca sin ganas, sin fe y por sólo sobrevivir, la tierra se siente decepcionada cada vez que tu siembra es para cosechar mediocridad y conformismo. 
Esa madrugada se escuchaba la infinita corriente del río, y la temperatura bajó a más o menos dos cobijas de menos, el catre donde dormía tratando de recuperarme de la influenza rechinaba a cada respiración de mi delirante sueño, era un gran plato de frijoles negros y un tazajo de carne de venado, lo veía de niño tras la ventana donde mi madre cocinaba todos los medios días de su cuarto de vida, mi padre y mi abuelo cosecharon mucho maíz y el molino mecánico para el nixtamal no lo dejaba de girar, me gustaba su sonido como un rechinar y el ritmo de lo circular, la masa caía sobre la batea de madera de donde mis tías hacían unas tortillas gordas y grandes, el delirio era acompañado de mucha sed con el inseparable hablar solo y a veces gritar de desesperación al no saber si morirás a solas en aquella cabaña de techo a pedazos de estrellas y paredes de ocaso y amaneceres todos diferentes y todos a horas distintas todo del año. 
Algunos coyotes de campo olieron mi muerte a kilómetros y rondaban la zona haciendo guardias de noches enteras bajo un árbol de tule repleto de zanates y palomas que dejaban caer todo el tiempo montones de buena suerte que casi nadie aprovechaba. 
Pasaban los minutos y con ellos mi cabeza al punto de explotar rodaba por otro delirio donde extrañaba a mi abuela, ella caminaba por la sierra tomándome de la mano, platicándome como toda esta naturaleza es y será siempre nuestra madre, Los gritos pudieron haber sido audibles algunos metros a la redonda pero solo los coyotes y las piedras escucharon, Los coyotes asustados de mis gritos se alejaron con sigilo, con desconcierto y desconsuelo. 
Comenzaba la danza de la madrugada y la mañana con un llanto de rocío que caía en el suelo de tierra roja como la pasión dormida de la amargura se humedecia en ciertas partes y en otras había una celosa resequedad pasiva que sólo esperaba sudor y a veces mis lágrimas. 
Tuve las fuerzas de abrir los ojos unos segundos y vi como nunca mi soledad que cubría cientos de metros a la redonda, me desmayé por la fiebre unas horas más, esperando con el inconsciente ya no despertar más y descansar en paz, después a las horas me arrepentí ya que no hubiera sido digno morir así de fácil y de miedo. 
Intenté levantarme cuando el sol marcaba el medio día, el frío mordía mis huesos y caí de un solo azotón en el piso, mareado del golpe y de la temperatura busque con los sentidos que me quedaban el balde con agua zarca que para ese instante tenía parásitos y larvas de zancudo. 
Pasaron más horas y la noche parecía ser una de las más espectaculares de mi vida, siempre que rayas la muerte todo te parece extraordinario, habrí los ojos y mi mirada era borrosa, logré enfocar y sin más me puse a contar las estrellas que se veían a través del hueco enorme del techo, perdí la cuenta cuando unas nubes de principio de lluvia se posaron entre las estrellas, el hueco en el techo y yo, cerré los ojos de fatiga, Los sentí con un ardor que lastimaba lo profundo del sueño. 
A media noche soñé pasos y resuellos, soñé la respiración de los coyotes cerca de mi cuello, intenté sin éxito alcanzar la suficiente conciencia para entre abrir los ojos, no me alcanzó y seguí con esa fiebre que sentía me mordía las entrañas y con una lluvia tan intensa que no se si la oía o la soñaba. 
Ahí creí entender como los coyotes me comían medio vivo y medio muerto. 
Cuando respiras y es lo único que te alimenta, presientes tu respiración, la imaginas libre entre sueños. 
Los dos días subsecuentes fueron una obra de reciclaje humano y burdo, sentia mi consciencia y me daba miedo despertar mutilado por el hambre de los carroñeros, mecánicamente desperté exaltado y gritando de dolor, la choza apestaba raro, vi que no había sangre y mi integridad física estaba intacta excepto por otros diez kilos perdidos, un tronco de pino a lado de mi cama medio sostenía una lata frijoles con agua fresca de lluvia, pasaron más de mil minutos y yo mirando mi inmundicia, pensando, un tanto decepcionado de la muerte, preguntándome porque seguir viviendo así. 
Las madrugada era fría, me tumbo un sueño de esos que sólo dan cuando la necesidad de dormir es más fuerte que la de morir. 
Cansado de amanecer una vez más descubrí cosas distintas, no me sentía tan enfermo y solo tenia mucha sed, mucha hambre y un montón de dolores en mi piel por tantos días de estar ahí, acostado, es esa fuerza sobre humana de supervivencia la que te hace renacer todas las mañanas,  no tienes tiempo a deprimirte ni mucho menos a compadecerte, la única necesidad que dejas entrar por tu vida es el instinto de buscar algo que no te quito la vida. 
Me extrañó no ver huecos en el techo y una frazada verde cubriéndome. 
Las ocho de la mañana giraban con mucho frío y el sol recién se asomaba tras de la serranía, salí como pude a la puerta y vi a lo lejos unas siluetas verdes, escuche el grito que no comprendí pero que por dios, valla que me dio gusto ver personas, el grito fue uno y hubo un murmullo entre ellos hasta que el líder dejo algo y todos se cuadraron. 
Está vivo el cabrón, no lo puedo creer. 
¿Vivió? 
Si, no lo vez ahí, en la puerta. 
Ya lo vi, la libró. 
La voz fue suave y con autoridad. 
Ya lo vieron, ahora actúen, déjense de relajo, carajos, no sean malagradecidos. 
Todos callaron unos segundos y solo algunos respondieron. 
Si mi comandante. 
Era una brigada de militares que se acercaban ruidosamente en medio del malogrado sembrado de maíz, sus botas hacían crujir algunas espigas y cañas que cayeron, aún así la tierra estaba muy húmeda y nunca recordé si llovía o no, fueron muchos días entre la vida y la muerte. 
Hubo un instante en que el pánico me invadió, no sabía que intenciones ni que motivos tenían hacia mi, estaban armados pero su mensaje corporal era relajado y contento, la tropa se acercó primero y bromearon de forma sarcástica. 
¿Cómo te llamas? 
Pensamos que te veníamos a enterrar. 
Si que tienes suerte. 
Vinieron algunos que no creyeron la historia. 
El comandante, un teniente coronel de clase y transmisiones se acercó y corroboró  todo lo que le había contado la patrulla de avanzada en aquellas maniobras militares del ejército, me miraba con curiosidad y caminando con pazo marcial recorrió el alrededor de mi casa con la manos atrás, yo pensé que era general y le dije. 
¿Es uste general? 
Me miró con cierta condescendencia y me respondió con una sonrisa y con otra pregunta. 
No,  no soy general todavía ¿porqué la pregunta? 
Le respondí 
Mi abuela, siempre me decía “Los generales caminan derechitos y con paso lento, siempre con las manos atrás. 
El comandante soltó una carcajada y siguió mirando curioso los alrededores de la casa. 
-¿Me invitas a pasar? 
Me pregunto cortésmente, le acenté con la cabeza y entramos a la casa. 
Difícilmente mi mundo no podía dar lastima, la miniatura de cabaña, choza era más que sobrada para mi, te iba lo justo y el comandante se sentó en un tronco que alguien utilizo como mesa de centro, me senté en el piso de tierra y esperé paciente las demás reacciones del militar, el teniente coronel miraba sorprendido todo una y otra vez, de pronto un silencio con tintes de respiración profunda y empezó a hablar. 
No les creí nada a esos cabrones, y es que uno siempre espera mentiras o historias pendejas pero nunca un milagro de vida, uno como militar no está acostumbrado a esas historias porque la supervivencia no es divina,  es humana, y ahora tuve que venir a darme cuenta por mi mismo que los milagros existen. 
Decidí  callar porque lo que no entiendo mejor lo escucho y lo aprendo, y por otro lado no me valla a mandar fusilar este cabrón si digo alguna idiotez. 
El comandante siguió su discurso con esa voz que sólo sale cuando vez la verdad por ti mismo. 
Nunca creí en toda mi vida ver y decir esto. 
Me miró con un poco de gusto y me dijo. 
Te vez bien de la chantada, si no te estuviera viendo ya hubiera mandado arrestar a estos soldados pero tampoco les voy a dar una medalla, quedará como algo que se tendrá que contar y contar hasta que las personas te dejen de creer. 
Sin levantarse dio un grito enérgico y seco. 
¡Cabo! 
Escuché  medio entre sonidos golpeteo y pasos apresurados. 
El Cabo entro a paso veloz y se cuadró frente a su comandante mientras el oficial ordenó. 
Descanse, Cabo, tal parece nuestro anfitrión no entiende una chingada de lo que le estoy platicando,  es hora de que usted le cuente como sobrevivieron, sea claro y breve,  no se nos valla a morir este hombre de la impresión. 
El Cabo sacó de la bolsa derecha de su pantalón un chocolate en barra y me lo aventó. 
Era tu postre pero voy a no ser tan breve entonces, mmmm, mi Comandante, la tropa ya está haciendo el rancho y le están remendado algunas cosas de la vivienda a este amigo, le pido su permiso para empezar. 
El comandante asentó con la cabeza y el cabo fue a los hechos. 
Estuvimos perdidos varios días, sin agua ni comida, las raciones que nos dan en maniobras militares se ajustan a situaciones reales, esta zona agreste y reseca, fría esta,  más bien, no está en los mapas, hace años la están peleando tres Estados del país, seguimos un río casi seco, pero con la horas empezó a caer una lluvia muy dura, el río comenzó a crecer y nos fuimos a la orilla, con lo oscuro de la noche y lo fuerte de la lluvia no vimos que estábamos en una zona baja y no había forma de subir, corrimos lo más rápido que pudimos, la lámpara apenas alumbraba a dos metros y solo veíamos la lluvia como cascada y el rugir del río a lo lejos como nos amenazaba en crecer, fue cuando en medio de todo eso, escuchamos todos el sonido de algo, sonaba como un rechinido en un principio creíamos que era algún fiero movido por el agua pero  cuando empezó a ser más claro, casi todos lo identificamos como  un molino mecánico con el que se muele el maíz de forma rústica y mecánica, seguimos el sonido y por más que intentamos orientarnos solo el sonido nos guiaba, oímos voces de niños y mujeres a lo lejos pero no vimos más que lluvia, caminamos horas y la lluvia era todavía más fuerte, ya no estábamos en en el lecho del río y habíamos alcanzado un lugar alto,  intentamos refugiarnos entre los árboles y solo conseguimos perdér minutos valiosos,  estoy seguro que nos guiaba el instinto pero por otro lado todos escuchamos voces y ese molino, seguimos caminando y estábamos agotados, mojados y hambrientos, le dije a mi equipo que buscaríamos algo, total esos sonidos a ciegas nos sacaron del lecho del río a punto de crecer y ahí seguimos más por fe que por  supervivencia, al punto de reventar y de darnos a vencer, un soldado alcanzó  a ver una pequeña luz muy a lo lejos, al unísono gritamos, vamos a la luz, andenle cabrones, vamos a donde se ve la luz, fácil caminamos una hora y la luz seguía ahí con una particularidad era más tenue pero con mayor tamaño,  momentáneamente no sabíamos que hacer,  como sea seguimos caminando y la lluvia era igual de intensa, llenos de miedo y de muchas ganas de descubrir que era esa luz a unos cuantos metros vimos tu casa, el impulso fue correr, y simplemente la alegría nos hizo caminar firmemente,  la luz salía de aquí mismo, todos lo vimos, eramos ocho, Tres estudiantes de la escuela de clase y transmisiones, dos soldados rasos, un enfermero militar y yo, podrás entender que no íbamos a tocar a la puerta, entramos a la viva México y todo estaba oscuro, había muchas goteras pero había lugares donde no caía al agua,  pensamos que tu casa estaba vacía, un poco a tientas unos segundos nos hubicamos, después sacamos nuestras lámparas y te vimos, estabas ahí, acostado, con esa cobija hecha hilos y nunca se nos ocurrió ver más, solo pensamos que habías apagado la luz y te habías hecho el dormido, solo que algo no checaba, yo entré al último y hasta el último momento vi la luz encendida y el primero en entrar, el enfermero militar asegura que al entrar todo estaba a oscuras, descansamos un rato ahí botados en el piso, nos quitamos el uniforme para exprimirlo y es que la temperatura aquí dentro esa madrugada era más alta, con el uniforme húmedo, de las mochilas sacamos las frazadas medio secas y nos juntamos en dos grupos e intentamos no mojarnos por las goteras, en un poco de silencio escuchamos que susurrabas “abuelita” varias veces,  también afirmabas que la masa ya estaba molida, el enfermero nos advirtió que posiblemente estabas delirando, se acercó y te tocó la frente, dijo, “este cuate esta ardiendo en fiebre” en un poco de agua de lluvia que recogió de la última lata de frijoles te disolvió antibiótico y paracetamol, te revisó unas dos veces más hasta hasta que le ganó el cansancio y el agotamiento y se durmió, todos entre sueños te oímos seguir delirando, lo que nos dio un poco de miedo al principio es que delirabas los ruidos muy parecidos a lo que escuchábamos y seguías girando el molino mecánico haciendo en niscome. 
A las cuatro y media de la madrugada estábamos todos dormidos, seguía lloviendo y lloviendo, el caer del agua nos arrullaba, decidimos que cada determinado tiempo sacaríamos el agua en esos baldes de fierro galvanizado, la mañana llegó y el aguacero estaba igual, a ti se te había bajado la fiebre un poco, ya no delirabas tanto, solo susurrabas, todos y cada uno de los que sacamos el agua de las goteras en los baldes aseguramos sentir una temperatura muy baja afuera, adentro de tu casa había unos veinticinco grados centígrados, al salír siempre regresabamos tan rápido como podíamos, a media mañana amainó un poco la lluvia y ordené a las soldados intentar tapar algunas goteras, trabajamos con lo que tenemos y ser militar nos da la ventaja de que de la nada lo hacemos todo, a la una de la tarde como lo notaste ya no había goteras en el techo, nos refujiamos de nuevo otras dos horas y las tripas nos gruñian del hambre, salieron a buscar algo de comer, lo que fuera, y regresaron con huevos de gallina que encontraron en un árbol, nunca vieron a las gallinas por que de ser así seguirito las hubiéramos hecho caldo. 
Lo miré extrañado y con medio chocolate en el estómago y le dije al Cabo. 
No tengo gallinas ponedoras, estoy lejos de todo y no tengo vecinos cerca, perdón  por interrumpir,  quería aclarar. 
El cabo miró al Comandante todavía más sorprendido, y pidió permiso con la mirada para continuar, el comandante le contestó  a señas de igual manera. 
Bueno como sea, en tu hornilla hicimos como pudimos huevos con frijoles, así,  a lo bronco, sin sal, sin aceite, era casi la docena de huevos y nos supieron a gloria, nomas nos faltaron las tortillas que delirabas que te hacía tu mamá, perdona pero no pudimos evitar escuchar tus delirios, después de medio comer, arreció nuevamente el agua,  la tarde empezaba a hacerse noche, al oscurecer nos ganó el sueño, el enfermero te seguía dando antibiótico y paracetamol, por más que intentamos no dimos como hacer que comieran, uno de los de clase y transmisiones te zarandeó y ni así despertarte,  estabas como en trance así que decidimos dejarte un poco de lo que sobró por si despertabas. La noche volvió a pasar y fue mejor,  sin goteras y sin frío,  nuestras ropas se sacaron y estábamos esperando a que cesará el agua para volver a continuar,  toda la segunda noche llovió y tomamos la decisión de salir temprano, con luz de día, la siguiente mañana aminoró la lluvia y era solo una llovizna,  salimos de tu casa y tu casi no tenias temperatura, parecía que estabas mejor,  decidimos regresar algún día  a ver si habías sobrevivido pero. 
El Comandante interrumpió. 
Aquí entro yo, la verdad estaba muy nervioso y molesto, una patrulla de avanzada de reconocimiento del terreno con estudiantes,  soldados y un enfermero no aparecían, para colmo se presentó una lluvia de dos días en una zona poco explorada, Los hombres de avanzada tiene mucha experiencia en supervivencia y eso me daba esperanzas de que estuvieran vivos pero aún así mi responsabilidad sobre aquellos hombres me estaba estresando, mandamos algunos grupos a buscarlos pero la zona es muy difícil y ni pensar en helicópteros porque la visibilidad desde el aire es muy mala, la maniobras militares continuaron y mi patrulla de reconocimiento nomas no aparecía, casi al punto de dar parte, esta patrulla apareció de la nada, todos ellos se veían bien fregados pero traían un brillo en los ojos muy especial, al recortarse contaron todos la misma historia que en realidad no creí mucho,  estaba muy enojado y creí que el grupo entero había inventado la historia para zafarse del arresto, lo único que si creía fueron las condiciones del tiempo,  la patrulla se perdió y les toco estar en medio de muchas situaciones difíciles al mismo tiempo, la verdad al verte y al mirar las condiciones en que estas, tu casa y los alrrededores entendí muy bien que no se trataba de una mentira. Lo curioso refieren ellos, bueno, dejaré que el Cabo te diga algunas cosas más. 
El Cabo hizo una pausa y respiro como un suspiro de ni el mismo creer si no lo hubiera visto. 
Como podrás saber muy bien tu casa no es muy visible a lo lejos por el como esta situada siendo el centro de algo, vaya me refiero a que nunca pudimos ver una luz desde los alrrededores y menos que nos pudiera guiar y terminar siendo tu casa, dimos tres vueltas al terreno antes de regresar y es imposible, salimos a una vereda que supongo tu caminas seguido y no la reconocimos ya que la lluvia que caía cuando encontramos tu casa no nos permitía ver muchas cosas, que francamente si no las hubiera visto sin lluvia no las creería, no recuerdo hacer esfuerzo de subir y bajar cañadas, coincidimos todos en la patrulla que el camino fue muy plano, sin subidas ni bajadas, nunca hicimos el esfuerzo de subir algo y menos de bajar o caer, ha lugares a unos dos kilómetros de aquí que son muy peligrosos, demasiadas rocas y ramales del río crecido, arrollos y muchos árboles, no se pudo ver la luz desde donde la vimos y lo que duramos caminando. 
Mucho de lo que escuchaba tenía sentido para mi, lo había delirado y recordaba pedazos de todo, fui armando todo y fue donde no podía creer algunas cosas pero eran ocho soldados los que lo decían, hombres, personas que también estuvieron al borde de la misma muerte, al borde de la vida y eso era suficiente para mi, un hombre que sabe que tiene las horas contadas nunca miente. 
Sabía que tenía que decir algo, esos hombres no podían irse sin darles las gracias, me levante y los miré con gratitud y les dije lo que en esos momentos me salió del alma. 
Estos años he vivido solo en este lugar congelado por el tiempo, hace semanas se me vino todo al suelo, mi cosecha se echo a perder por la sequía, mi salud se deterioró por el hambre y la desolación, debí intuir ese día en que el tipo estornudo en la cabecera municipal, bueno como sea, caí en desgracia y solo se por lo que me cuentan que ellos me salvaron la vida y les viviré agradecido toda mi vida, la mera verdad no recuerdo más que mis delirios y siento que mis recuerdos estuvieron cerca, señor Comandante,  si me lo permite quisiera agradecer a cada uno de los ocho soldados que vieron por mi y me curaron y me cobijarse en mi desamparo, Los acontecimientos que pasaron fuera y dentro de mi casa son obra de que para mi son unos héroes. 
El Comandante y el Cabo quedaron boquiabiertos, nunca se imaginaron una respuesta tan humana y tan agradecida, afuera de la casa se oían martilladas y movimiento de aquí para acá,  de arriba hacia abajo, el comandante se levantó y me dio dos palmadas en la espaldas y sin decir más que con su respiración “salgamos de aquí “ 
Salimos y el corredor estaba limpio, barrido, Los elementos del ejército mexicano estaban algunos cocinando en una fogata improvisada, era carne asada y algunas verduras, agua de limón, dulces de conservas que habían guardado de sus ranchos para llevármelos, el enfermero militar les comentó que si yo estuviera vivo necesitaría calorías. 
Ya pasaron años de ese capítulo en mi vida, los soldados supongo están bien, no volví a saber de ellos, ese día llevaron algo de jitomates y cebollas, también aguacates y limones. Algunos jitomates se pudieron y los sembré por ahí,  nacieron al igual que los huesos de aguacate y las colas de cebolla, Los limones ahora son limoneros y llevo algunas cosechas de lo que sembré a vender a los pueblos de la región, no utilizo fertilizantes ni plaguicidas, aveces cómo carne, hice trueque para recibir algunas gallinas ponedoras y sembré un roble para que anidaran, no volví a sembrar maíz pero lo consigo en trueque por algunos productos con vecinos, me conseguí un molino de maíz de esos mecánicos que muelen girando la manivela como el que deliré esas noches, mi casa ya no tiene goteras y si lo que le hice fueron varias ventanas rústicas para que en mi desayuno,  comida y cena los pueda acompañar con los rayos del sol y de la luna. 
Todos los días amanezco agradecido de la vida, creí que las oportunidades se me habían acabado y hoy vivo seguro que todos los días son de nuevas oportunidades y las noches también, aveces no tenemos el coraje de reconocer que la vida es descansar plácidamente y trabajar muy duro y las prisas y desesperansas nada más nos agotan, nos obligamos a creer que la vida es contra reloj cuando en realidad es siempre a favor de nosotros mismos. 

Germán Diego. 
México. 


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